La acción implícita en la expresión como práctica de validación y respeto.

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    El comprender que cada expresión, reacción o “síntoma” -como se cataloga generalmente desde la psicología- tiene que ver con una respuesta que estamos dando frente a las cosas que son valiosas para cada un@ ha posibilitado en mí poder significar muchas cosas de las cuáles en algún momento de mi vida me han generado desesperación al no comprender del por qué, querer erradicarlo a como dé lugar ya que está produciendo incomodidad a mi alrededor. Esta forma de entender los motivos por los que muchas veces las personas pueden llegar a consultar, creo que invita a tomarse en serio estas reacciones, a darle el peso que merecen y validarlas desde una ética no enjuiciadora y conectada desde lo más profundo de los significados personales.

    Puede que la palabra que busco para explicar lo que en mí resuena sobre esta herramienta sea “respeto”. Porque la ética que fundamenta esta práctica no busca eliminar la expresión, acallarla o minimizarla (en el sentido del valor que puede tener) sino que, busca prestarle atención a lo que ahí se está mostrando de una forma que se venere la expresión porque se fundamenta en una respuesta que está teniendo la persona para poder preservar lo que es más valioso para sí, sus valores, sus intenciones, sus convicciones y relatos preferidos.

    Este respeto que se plasma en esta práctica creo que es lo que más me ha hecho sentido en el último tiempo. Muchas veces, las intervenciones que se realizan desde la vereda de la psicología tienden a silenciar la expresión, principalmente porque incomoda. Es incómodo que alguien sea “lábil emocionalmente”, es incómodo que “le den crisis de angustia”, es incómodo que “tenga depresión”. En fin, toda expresión que hable de la no productividad de las personas incomoda, y recurren a nosotros para poder acallarlas.  ¿Y qué hacemos? comúnmente adherimos a esa necesidad de silenciar la expresión y buscamos mil y una estrategias para cumplir con este propósito. Pero, ¿por qué no escuchar genuinamente  lo que nos está diciendo esa persona? ¿Por qué no indagar en lo que se está arrebatando, negando, impidiendo, etc. ser en esta persona y que por consecuencia protesta en la medida de lo que puede para reclamar su relato preferido?

    Esta herramienta es una de las tantas evidencias de la práctica narrativa que nos vuelve a recordar la importancia de la persona como sujeto de derechos, motivado por intenciones, propósitos y valores. Un discurso alejado de las explicaciones reduccionistas de la psicología, consciente de forma genuina y cuidadosa sobre las prácticas que ejercemos: Demostración de un respeto profundo por el otro.

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