El encontrarme con la premisa de que “Las personas siempre responden” fue una transformación invaluable para mi (de)construcción como psicóloga en el trabajo con infancia, lo cual me llevó a distintos cuestionamientos. Por un lado, cómo visualizaba y me refería a los niños que habían pasado por situaciones adversas, diferenciando niño que vivió abuso vs niñe abusado (por la carga identitaria implícita que percibí en ello). También el cuidado con no etiquetar desde el mundo adulto el impacto de las experiencias adversas que suelen utilizarse, como de niñe danaño, niñe traumado, o niñe que quedó marcado para siempre… etc. Lo cual concordantemente se ve implícito también en el nombre de los programas especializados en esta materia como programas de “reparación”. Junto a lo anterior también he llegado a cuestionar los objetivos que han sido orientadores de dichos programas, ya sea generales tales como la resignificación de la experiencia de abuso, o específicos con sus indicadores de logro como que el niño pueda relatar la experiencia de abuso, invisibilizando potencialidades de la historia de la respuesta, territorio seguro, re-autoria y la agencia personal en el mismo contexto. Alguno a llegado a re-pensar estos temas? Y cómo dentro de una estructura institucional se podría extender prácticas desde el paradigma de las narrativas?