Algo que me llama la atención dentro de las practicas narrativas es el atestiguar y desde ahí la creación de algún documento. El darle vueltas al tema de los documentos me llevo al reconocimiento y su importancia para mí. El reconocimiento entendido como el ser vistx, y no solo vistx, sino escuchadx, abrazadx y cualquier gesto que me indique una “presencia presente” en determinados momentos. Ese momento donde la sensación de sentir que alguien reconoce algo en unx, que no eres desapercibidx por completo, donde tu ser y/o hacer se notó y se apreció y desde ahí ese calor de gratitud y fuerza para seguir co-creando.
Una cita que leí de Carlos Skliar que me hace sentido al respecto es “El reconocimiento como una ética, desde la escucha de las historias desde la respuesta singular, desde el cuerpo presente, desde el ser visto y nombrado”, me queda resonando el verlo como una forma de ética, desde el honrar, agradecer, reconocer, vincular, y hacerlo colectivamente. El hacer visible lo que muchas veces pasa de manera invisible, y empezar por mi vida. El reconocer a mi gente querida que nos hemos sostenido y acompañado este año me resonaba mucho, y así es como empecé a crear invitaciones personalizadas para mi red de apapachos, para invitarles a mi casa. Ahí es donde entramos en un ritual, donde el tiempo se enlenteció y estuvimos en “el aquí” de manera un poco más sostenida, a través de comida, palabras, abrazos, risas, llaves como símbolo de confianza y cercanía, a través de mirarnos, vernos, reconocernos mutuamente y compartirnos.
Les comparto una foto de las invitaciones que hice, para este momento que personalmente no creo que olvide, a corto plazo por lo menos jajaja.
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