Cuando pienso en la incomodidad, se me viene más de una forma de verla y experimentarla, pero la que quiero traer ahora es la incomodidad que generan las mujeres feministas, y no todas, sino la incomodidad que generan en su entorno aquellas feministas que protestan gritando, quienes protestan con las tetas al aire, la bulliciosa, la violenta, la “feminazi”, la encapuchada, la vistosa, la que está fuera de todo lo esperado para una “mujer decente”, muy contraria a esa mujer que se prefiere callada, sumisa, mostrando pero lo justo y necesario para no parecer puta. Las tetas se muestran pero en la habitación y para el marido, ¿qué es eso de mostrarlas para protestar? Dirán algunos, “las feministas de antes protestaban y no necesitaban andar desnudas”, dirán otros y otras, para que hablar del ser violentas, eso no está permitido, la violencia se permite en cuerpos sociabilizados como hombres, ¿en nosotras? No, podemos hacerlo pero la legitimidad social frente a comportarse de forma “violenta” no es la misma para cuerpos leídos como mujeres o como hombres, dispositivos de poder aparecen todo el rato. Las mujeres respetables tampoco son bulliciosas ni muy vistosas, o pueden ser vistosas pero obviamente según determinados canones, aparece la belleza hegemónica, que nos inyecta dietas a la vena, intentando mantenernos ocupadas y sin voz. Pero a pesar de todo eso y más, hay tantas historias preferidas no contadas, no escuchadas detrás de las feministas que generan incomodidad en su entorno, y vemos como se sigue encasillando, prejuiciando y contando una historia dominante como relato único y válido. Esa incomodidad necesaria para visibilizar abusos, violencias, opresiones, sin esa incomodidad muchxs aún seguirían sentados tranquilos en su sitial de privilegios, y quizás lo sigan pero ya no tranquilos.